3 de marzo de 2016

Alfonso Mataran

“Por una escuela popular y laica”.
Los hijos del maestro Angel Matarán – Jesús, Francisco y Fernando – quieren rehabilitar el nombre de su padre y buscan la fosa común donde fue enterrado, junto a su hermano mayor, por retirar los crucifijos de la escuela. Angel Matarán eran maestro de Alhendín y retiró estos símbolos religiosos en cumplimiento de la circular remitida por el Ministerio de Instrucción Pública para conseguir una enseñanza laica. Nunca pudo imaginar la violenta reacción de los vecinos ultracatólicos, arengados por las soflamas del párroco durante la homilía. El diario Ideal informaba así de la protesta contra el maestro en su edición del 8 de mayo de 1932:
Solemne fiesta religiosa
“En acción de gracias por el feliz resultado de la procesión celebrada ayer para pedir que lloviera, se ha celebrado hoy una misa al final de la cual salió una procesión con la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Expiración. Asistió el pueblo en masa. Al pasar frente a las escuelas se observó que el maestro don Angel Matarán cerraba los balcones de su clase como si quisiera significar ante los niños un gesto contra el acto religioso. Esto produjo gran indignación en quienes le observaron, y al finalizar la procesión se comentaba en grupos que fueron creciendo hasta tomar el aspecto de un verdadero motín, en el que participaban casi todas las personas presentes en el pueblo”.
Protestas contra el maestro
“La multitud se dirigió hacia las escuelas, puso en ellas los crucifijos y expulsó de su clase al señor Matarán, que hubo de salir corriendo perseguido por los chicos, algunos de los cuales le arrojaban piedras. La guardia civil del puesto de Alhendín intervino rápidamente, y aunque no pudo llegar a tiempo de evitar las manifestaciones de hostilidad contra el maestro, logró restablecer la calma. Esta es ya completa a la hora de telefonear”.
Angel Matarán tenía 49 años cuando fue fusilado, junto a su primogénito Alfonso, el 13 de agosto de 1936. Era un hombre señalado desde que se produjeron los sucesos en la escuela de Alhendín, cuatro años antes, y aquel 13 de agosto empezó la persecución contra esta familia de maestros. Los Matarán tuvieron que esconderse en un Carmen del Albaicín, propiedad de un pariente: “Rara era la noche -dice Jesús- que no teníamos que salir corriendo, porque llegaba la Escuadra Negra. Cuando ellos aporreaban la puerta principal, nosotros escapábamos por la trasera que daba a otra calle y corríamos a escondernos en otras casas vecinas. Teníamos miedo de que detuvieran a mi madre, que había sido denunciada por ser maestra republicana y esposa de un maestro rojo y ateo”.
Al final, la Escuadra Negra descubrió el escondite donde se ocultaba el primo de Jesús, que acabó fusilado. Justa de Vicente, madre de Jesús, tuvo más suerte. No la fusilaron, pero fue destituida y apartada del magisterio. Angela, hermana de Jesús, tampoco pudo ejercer. Al igual que Alfonso, el primogénito fusilado junto a su padre; era estudiante de magisterio en los célebres cursillos del 36, pero la sublevación militar obligó a suspender el examen y dio al traste con tantas ilusiones depositadas en esta nueva generación de maestros. Eran cursillos organizados por el Ministerio de Instrucción Pública, que necesitaba con urgencia a 16.000 maestros para incorporarlos a las misiones pedagógicas, con el fin de enseñar a leer y a escribir a los jornaleros analfabetos.
Tiempo después le dijeron que su padre y su hermano fueron fusilados en Nigüelas o en la Venta de las Angustias, y enterrados en una fosa común, junto a otros 60 detenidos del mismo pueblo: “Cuando fui a Alhendín, la gente me rehuía  -añade Jesús-. Nadie quería estar conmigo por ser hijo de fusilado. No se atrevían ni a saludarme. Mis propios compañeros de instituto dejaron de hablarme”.
Francisco tuvo que apuntarse con siete años en la Falange para sobrevivir: “Yo fui del Frente de Juventudes -señala-, porque nos daban botas, camisas, comida e íbamos a los campamentos de la Herradura y la Alfaguara, donde, al menos, podíamos bañarnos”. Enseguida observó que era un niño marginado. Que los hijos de los fusilados eran mal vistos en Granada y tenían que disimularlo. Hasta el punto de que prohibieron a las viudas y a los huérfanos vestirse de negro para llevar luto: “A los hijos de los fusilados nos ponían aparte y trataban de reeducarnos en los valores cristianos. Es más, nos obligaban a ponernos una insignia que decía: Detente enemigo, el sagrado corazón está conmigo”.
Fernando, el benjamín de la familia, tenía cinco años cuando fusilaron a su padre. Aún conserva su sombrero y recuerda con orgullo el acto de rebeldía infantil que protagonizó en la escuela: “El maestro insultaba a los rojos y como yo me acordaba de que los suyos habían matado a mi padre y mi hermano, pues le arrojé un tintero a la cabeza. Me expulsaron inmediatamente del colegio”. Fernando ha estado tres veces en el barranco de Nigüelas, buscando la fosa común donde, según le dijeron algunos testigos, están enterrados Angel y Alfonso Matarán. Dice que todos los hermanos han transmitido a sus nietos aquella tragedia familiar. La mayor parte de ellos acabaron emigrando a Buenos Aires, porque no soportaban el ambiente de represión y miseria que había en Granada.
FRANCISCO VIGUERAS ROLDÁN