2 de noviembre de 2011

Fray Diego Negredo, un santo que vivió en Íllora


FRAY DIEGO NEGREDO, donado, nació en Madrid, sus padres Juan Negredo y María de Munera, fueron personas muy estimadas y queridas por todos aquellos que gozaron de su amistad. Tuvo la desgracia de que su madre falleciese y tanto él, cuanto su padre, abandonaron las cosas mundanas y se trasladaron a la provincia franciscana de S. Pedro de Alcántara de Íllora, en la que ambos, recibieron el hábito seráfico, como simples oblatos.
Diego fue aceptado en el convento granadino el día once de octubre del año 1667. Poco después fue enviado al convento de Illora, en el cual adelantó tanto en la escuela de perfección y santidad que se reveló como un ejemplar digno de ser emulado aún por los más perfectos. Su gran pasión era la humildad por la cual, con gran frecuencia clamaba a Dios con grandes voces continuamente: Señor, confírmame en este espíritu, el principal fundamento de todas las virtudes, y concédeme benigno el don de la perfecta humildad, cosa que, mientras no la consiga de ti que se lo das a todos abundantemente, nunca me consideraré satisfecho.
Su amor divino le hizo permanecer de tal manera afirmado en su humildad que no consideraba a nada ni a nadie más vil que a él mismo. Era limosnero del convento, por ello y dada su humildad, cualquier cosa que le entregaban como limosna, careciendo de un caballo, mulo o un simple borriquillo, la cargaba sobre sus hombros y alegremente, ya fuese caminando sobre las nieves, ya fuese bajo el agostador calor veraniego, se dirigía alegremente al convento, lleno de felicidad por aportar algún bien a la comunidad. 

Una vez en el pueblo, para más humillarse ante la vista de todos, marchaba por las calles y plazas más principales, diciendo para sí estas palabras: Oh pobrecillo inútil, ¿con qué cara vuelves ante los padres? ¿con qué honra te ven a admitir?. Justamente te rechazarán con toda certeza, como indigno de su compañía. Ciertamente digno de admiración, el obsequioso Diego, ponía tanta diligencia en servir a los hermanos que no le atemorizaba la intemperie, ni le detenía la distancia, por ello, muchas veces, sudando copiosamente, pero lleno de felicidad por traer algo a la comunidad, se presentaba en el convento, cargando sobre sus hombros un carnero, después de haber recorrido tres o cuatro leguas, bajo un peso tan oneroso. Ocurrió, mas de una vez, que algunos devotos suyos le ofrecieron gratuitamente una bestia de carga con la que poder trasportar cómodamente las limosnas, pero irrecusablemente él respondía: Yo soy el jumento de la casa de Dios, así pues nadie me podrá desposeer de este privilegio. En cierta ocasión en la que portaba sobre sus hombros un carnero, juntamente con dos cabras, un piadoso y devoto joven que lo vio, compadecido de tan tremendo sacrificio, se ofreció voluntariamente a ayudarle a transportarlos. La respuesta de Diego fue tajante y sonriente le dijo que él se encontraba satisfecho llevándolas todas unidas.
También se dedicaba, poniendo un esmero especial, al cuidado de los animales del convento, por lo que no era raro encontrarlo frecuentemente cubierto de pajas, estiércol y otras inmundicias, propias de los establos y cochineras. De esta manera más de una vez se dirigía al pueblo y se presentaba cubierto de suciedad ante los vecinos, imponiéndoselo como signo de obediencia y humildad. Cuando los vecinos lo contemplaban de tal jaez, alguno le decía: ¿Padre Diego, ¿por qué va tan sucio?. Con graciosa simulación él le respondía: ¿Por ventura voy de alguna forma extraña?. Al mismo tiempo que se decía a sí mismo: Yo me encuentro bien presentable ante Dios. Ya que ni él mismo se percataba del estado que presentaba ante los demás.
Su amor a la penitencia era tan grande que, ya fuese pleno invierno, con nieve o escarcha, ya verano, bajo del sol tórrido de Andalucía, siempre iba descalzo, caminando por la nieve, el lodo o lugares pedregosos que herían sus pies hasta hacerlos sangrar, padeciendo todos estos sufrimientos con tal de buscar la limosna tan necesaria para los conventuales. Sin embargo, las sandalias las llevaba siempre colgando del cíngulo y sólo las utilizaba al entrar al convento, para que sus hermanos no se sintiesen heridos por tanto sacrifico. De la misma manera llevaba sobre sus espaldas un vil sombrero que no acostumbraba a usar ni bajo el sol más caluroso, ni bajo el hielo, ni cuando nevaba, haciéndolo siempre por consideración a Dios y como sacrificio.
Sobresalió en gran manera por su gran entrega a la penitencia, pues todos los días, además de la impuesta para todos los hermanos, él se castigaba con otras muchas. Domaba su carne y su espíritu con un áspero cilicio. Sentía especial predilección por el ayuno, ya que además de los días prescritos por la Iglesia para ello, él observaba otros con mucha aplicación, es decir, desde la Ascensión hasta Pentecostés, desde el día de todos los Santos, hasta la Navidad, desde Epifanía hasta Cuaresma y finalmente las seis ferias y los sábados de cada año. 

Además de éstos, los lunes miércoles y viernes, solamente tomaba, como si fuese un placer especial, solamente un poco de pan y agua. Muchas veces sus mismos compañeros le rogaba que atemperase estos rigores, no sólo por el bien de su cuerpo, sino también por el de su alma. Cuando así le aconsejaban él respondía: Yo me entrego a Dios, hermanos, pues el jumento de mi cuerpo da coces y es necesario domarlo; aquí que trabaje, ya descansará en la eternidad. Otras ocasiones respondía: mi cuerpo todavía sigue oponiéndose; cuando pierda sus fuerzas y el vigor de su espíritu, obedeceré vuestros concejos. En otras ocasiones, con cierto gracejo, decía: No soy ni un obispo, ni rico ni poderoso, sino un pobre terciario de S. Francisco, o bien: Para llevar mejor vida debería de haber nacido obispo y no un donado del Pobrecito de Asís.
Adorando a la divinidad y entregado con todas sus fuerzas al coloquio divino, durante el día, por sus muchos trabajos y quehaceres, se le podría comparar con la Marta del Evangelio, sin embargo no descuidaba la práctica de la oración, ya que, casi toda la noche la dedicaba a ella, pues arrodillado a los pies del Señor se empleaba y dedicaba todo su espíritu, como la María evangélica, al fruto de la contemplación.
A pesar de este aparente alejamiento de las cosas mundanas, siempre estaba pendiente de las desgracias de los demás y cuando tenía conocimiento de que alguien había padecido algún daño o soportaba cualquier tipo de sufrimiento, se desvivía por ayudarlo, llevado por su enorme caridad.
Proseguía con gran insistencia en la pobreza, en la castidad, en la caridad y en la obediencia. Ninguno fue tan ávido de la carencia, tanto de oro, cuanto de plata o cualquier tipo de riqueza. El hábito que llevaba era el más vil y digno de desprecio que cualquier hermano pudiese portar, estaba lleno de remiendos de arriba abajo y su ropa, tanto la interior, cuanto la exterior era toda un puro remiendo, el cordón, las sandalias y el sombrero eran despreciables y no admitía otra cosa que el rosario, las disciplinas y el cilicio. Su obediencia era digna de encomio, nunca puso objeción a los mandatos de los superiores, aún a los de más difícil y oneroso cumplimiento. A nadie respondió jamás con impaciencia, además siempre se encontraba dispuesto a montarse obsequioso con los demás y constantemente los recibía con alegre semblante.
Ante las mujeres se comportaba con un pudor especial y empleó siempre toda clase de precauciones, sabiendo a ciencia cierta, lo peligroso que es mantener con ellas una conversación, aún sobre los asuntos más sagrados. Sin embargo su continuo deambular por las calles en busca de limosna, le obligaba a hablar casi continuamente con ellas, pero jamás llegó a conocer alguna por su rostro, ya que siempre mantenía los ojos bajos, sin atreverse a mirarlas a la cara, aunque en su conversación se mostrase alegre y ocurrente.
Estaba dotado de tan singular modestia que, en todos sus quehaceres trataba a los demás con gran edificación. Fomentaba en los seglares con dulcísimos palabras y con saludables consejos, el amor a Dios, pero sobre todo se solazaba con aquellos que estaban dotados de alguna gracia especial, quienes ávidamente le preguntaban que cuándo, por su causa, se verían libres o se aliviarían sus calamidades. 

Él procuraba fortificarlos y robustecerlos en su fe y amor a Dios, aplicando para ello la gran paciencia de la que era poseedor, por lo que todos los que hablaban con él terminaban siempre reconfortados, de tal manera que le llamaban a voces, dado el gran consuelo que de él recibían, el Santo. (Este era el nombre por el que era conocido en todo el pueblo).
Este santo varón, por la gracia de Dios fue pródigo en milagros, aunque por su mucha humildad, ni él mismo permitía que se los atribuyesen y es más, no se guardaron de ellos constancia por escrito. 
Solamente se recuerda el siguiente:
La noble y piadosa señora Dª Bernarda de Puerta, se encontraba adornando el monumento de la feria V de la Cena del Señor. Al colocar la cera sobre la alfombra y por un descuido del guardián del templo, una de las cortinas que servían de adorno fue manchada de tal manera que quedó inservible, lo que produjo un tremendo disgusto a la piadosa señora. Enterado fray Diego de lo ocurrido, tomó en sus manos la cortina, la dobló y con ella, de esa guisa, se presentó ante Dª Bernarda a la que con mucha dulzura le dijo: Calma señora, calme la perturbación de su ánimo, pues su cortina no tiene ningún detrimento. ¡Cosa admirable!. Delante de ella, Diego arrodillado, con los brazos cruzados y los ojos elevados al cielo, inmediatamente elevó sus oraciones a la suprema divinidad y la mancha, rapidísimamente desapareció por completo, quedando la cortina totalmente impoluta.