11 de abril de 2017

FEDERICO ANTE EL JUEZ


Antonio Otero Seco recuerda la luz de Federico García Lorca. Brillaba, con su dentadura blanquísima en mitad de la tez morena, lo mismo en las tertulias teatrales y literarias de los cafés que declarando ante un juez. En esos trances comprometidos era cuando podía sacar lo mejor de sí, incluso. Como cuando tuvo que declarar acusado por un guardia civil de haber ofendido al cuerpo con sus poemas. Otero asegura haber presenciado aquella escena precisamente el 3 de julio de 1936, cuando, según él, le hizo aquella última entrevista.
“Cuando la leí por vez primera me quedé de una pieza”, asegura Ian Gibson. “Sobre todo por lo de la citación. Yo no podía, ni puedo, saber hasta qué punto Otero apuntó las palabras exactas del poeta. Pero sí dijo que el guardia, un señor de Tarragona, le pedía poco menos que su cabeza. Resulta escalofriante. No cabe duda que el poema Romance de la Guardia Civil española ofendió e incluso enfureció a no pocos ciudadanos del bando contrario y me imagino, a no pocos mandos del Cuerpo. Es muy probable que el ser su autor no le ayudara nada en los últimos momentos. Esto fue para mí lo más portante de la entrevista”, afirma el biógrafo. Lo que le extraña es que en esa época no hubiera alusión alguna aLa casa de Bernarda Alba, terminada entonces. “Lorca se la leía a todo dios porque estaba muy contento con ella, por eso tiendo a pensar que pudiera haberse producido antes”.
En ella, el poeta le comentaba infinidad de proyectos. Aparte de la culminación de Poeta en Nueva York –“Un libro sobrio y de contenido social que defraudará”, decía, “a esos lectores que echan baba lujuriosa con La casada infiel”-, la preparación de obras teatrales como la ahora conocidaComedia sin título, otra obra de inspiración andaluza, o La sangre no tiene voz, que trataba el tema del incesto. El autor le confesó que quería descansar y con tanto anuncio temía volver locos a los editores y empresarios teatrales. Por eso le pidió que aguantara un poco antes de publicar sus palabras. Ninguno de los dos imaginó lo que truncaría todo poco después.